Y después de haber tratado de reelaborar esa mezcla explosiva de sentimientos que se inició la noche anterior con una chispa de amor fallido, se pregunta si deberá acostumbrarse a sentirse así. Casi lo tiene asumido, y una gota de paz, lo refresca. Pues así es su personalidad, su enfermedad.
"Por eso consulté a mi médico, preguntándole si creía que se podría eliminar aquella desarmonía entre lo somático y lo anímico de mi constitución (...) El médico dudó de que eso fuese posible. (...) Por el momento, he elegido. He considerado aquella triste desarmonía con todos sus sufrimientos (que indudablemente habrían conducido al suicidio a la mayor parte de quienes tuviesen bastante espíritu como para abarcar todo el dolor de la desventura) como siendo el tormento de mi carne, mi límite y mi cruz. Con la ayuda de esa espina en el pie, saltaré más alto que cualquiera que tenga los pies sanos" (Sören Kierkegaard)
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