Hablando sobre optimismo, pesimismo y conductas basadas en alguno de estos dos términos, discuto con mi compañera de trabajo. Ella dice que es todo una “cuestión de actitud”, y me muestra un power point de una historia cuyo protagonista se llama “Pepe”. Pepe es un motivador natural en su trabajo y en la vida, para el todo siempre está bien y anima a la persona que percibe lo contrario. A pesar de que lo cagaron a tiros en un asalto, se reía en la sala de emergencias de su propia desgracia y pudo sobrevivir gracias a su optimismo.
Mi compañera trataba de demostrarme que uno elige cómo vivir, bien o mal, de acuerdo a nuestra actitud.
Yo no se cómo explicarle, que hay personas a las que les faltan cositas químicas en sus cerebros y alrededores, o esas cositas químicas están desordenadas en ellos; y eso, a veces, imposibilita por completo al sujeto de tener conductas aloplásticas que lo conduzcan al bienestar.
Entonces, dejemos de lado toda esta pelotudez del optimismo, y de que con eso se consigue todo. Amigo, las cosas se consiguen proyectándolas en tu mente como si fuesen reales y teniendo la certeza de que efectivamente te sucederán. Si eres positivo y estas de buen humor, mejor aún. Será un modo de estar que acompañe muy bien tu espera por eso que quieres lograr. Pero el mal humor no es una sustancia lo suficientemente “buffer” como para hacer mermar tus proyecciones. Convivir con el mal humor, sobrellevándolo y haciendo lo que tenemos planeado sin que el mal humor afecte demasiado, ahí radica la verdadera virtud, el verdadero esfuerzo. Porque para el que siempre está de buen humor, no hay virtud.
Entonces, ahora, escuchándome en la lectura de mis palabras, me pregunto si para nosotros (los pesimistas) la vida se trata de remar en dulce de leche.
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